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3/06/2017

Bon voyage

Con las canciones de Sabina ocurre como con los recuerdos, y es que uno termina volviendo a ellos a pesar de su condición efímera y traicionera. Hay quien dice que volvemos a ellas porque suenan bien, pero yo creo que si lo hacemos es porque suenan como queremos. La calidad importa muy poco cuando detrás de las letras aún encuentras una memoria a la que agarrarte, por muy desteñida y absurda que ésta sea. Hay noches en las que te da igual que la canción haya dejado de hacerte sentir como antaño, porque sigue sonando igual. Qué mas dará que ya no signifique lo mismo si tú sigues siendo capaz de recordar intacta la letra, si sigues viéndote reflejada en su ritmo y tiene sentido bailarla sin más. A quién le importará que sigas escuchándola, si para el resto del mundo tan sólo es una canción más. 
Pero entonces ocurre. El teléfono suena recordándote que son las cinco de la tarde, que te espera un futuro prometedor pero no puedes tirarte todo el día en el suelo de la azotea dorándote al sol. Porque los teléfonos de hoy en día sólo sirven para devolverte a la realidad o para congelarla, no dan para más.  Entonces te levantas con el cuerpo entumecido y la cabeza hecha trizas, mirando sin ganas los mensajes acumulados, las alarmas, las imágenes aglomeradas. Estás en marzo y no en septiembre, estás en dos mil diecisiete y no en dos mil trece, tienes veintitrés años y no diecinueve. 
Es completamente normal que Sabina no suene como antes. El teléfono sólo te está recordando algo evidente. Y entonces es cuando me acuerdo de la frase que me dijo Papá hace tiempo:
el conocimiento se adquiere con la experiencia, el resto sólo es información