x

3/13/2017

De según como se mire

Laclau y sus ideas llevan un tiempo viajando conmigo en metro, en bus, vagueando en casa o animando tardes de biblio. Suele ocurrir cuando alguien me interesa, que me lo llevo allá donde voy. Me resulta especialmente interesante el hecho de plantear que el principio de división social nunca dejará de existir, porque si lo hiciera estaríamos en una sociedad cuadriculada y tremendamente aburrida. El entender la sociedad no sólo como un espacio en el que debe haber posiciones ideológicas contrarias, sino también como un lugar capaz de confrontar esos antagonismos, es algo que nunca había expresado de forma tan obvia otro autor (o al menos yo aún no había leído una mejor versión). Y precisamente eso es lo que me hizo preguntarme, este sábado, hasta qué punto somos capaces de debatir en la época actual. Dónde queda el nivel argumentativo, la capacidad de escuchar ideas completamente contrarias a la nuestra, y de qué forma transmitir las propias. Y no sólo eso, sino hasta qué punto nos interesa hacerlo. 


Hasta qué punto compensa dedicar horas, semanas, meses o años de vida a debatir por el mero placer de hacerlo, sin necesidad de recrearse en egocentrismos o pedantismos. Hasta qué punto compensa trabajar la escucha, la tolerancia y la propia cultura para llevar a cabo un debate sano. Cuánto vale la capacidad de sumarse a esa partida de ajedrez (metafóricamente) de la que habla Laclau. 
Yo creo que tiene un valor incalculable. Un escritor francés dijo hace tiempo que un país vale lo que vale su prensa. Yo cambiaría esa frase: un país vale lo que vale su gente.