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1/22/2017

xx.

Los domingos de invierno me recuerdan que la melancolía existe porque la sostienen los buenos recuerdos o simplemente la emoción por algo. Suelen ser días rudos que me demuestran que el frío llega a congelar más el corazón que mi propio cuerpo. Escribo desde la azotea y miro la ciudad con los ojos vidriosos porque no me sale hacerlo de otra forma. Tecleo con rabia, procurando girar la mirada, como si se pudiesen torcer los recuerdos y elegirlos a nuestro antojo. Y me da por redactar historias que me hagan olvidarme un rato de mí misma. Supongo que el invierno reparte las mismas dosis de tristeza que el verano, pero lo hace de un modo distinto. Me preguntan por mi mirada inquieta y ni yo misma puedo justificarla. Me preguntan por el mañana cuando no paro de darle vueltas al ayer. Me preguntan los motivos, el origen, la razón exacta de este mar de agua salada salpicando mis mofletes. Mi respuesta es que no hay respuesta. Que la melancolía existe para que me detenga en días como hoy y llore como si no me quedasen más noches para recorrer madrid. Que los domingos la indecisión baila con las respuestas pero nunca llegan a besarse. No llegan a besarse porque son dos imposibles. Mi respuesta es que la vida a ratos se cubre de un halo grisáceo pero que, casi inevitablemente, siempre vuelve a salir el sol...y con él, muy a mi pesar, otras mañanas nuevas barriendo el tiempo anterior.