x

11/29/2016

Biblioteca casera

Volví a leer Pedro Páramo, y Juan Rulfo me trajo de vuelta Comala. Existe el día en el que descubres a un escritor, y ese día suele quedar lejos del día en el que comienzas a comprenderlo. Pasaron muchos años hasta que logré entender a Onetti, a Rulfo o a Martin Amis. Junto a ellos otros que fueron cayendo antes de lo debido, siendo yo una cría, pero una cría muy impaciente. Una cría que no sabía realmente lo que estaba leyendo, pero disfrutaba con ello. Lo que vengo a decir con todo esto es que uno se percata del valor de las primeras veces cuando entiende su significado, y eso suele pasar mucho tiempo después de lo ocurrido. Cabría preguntarse: ¿en qué difiere la lectura de la misma novela en tiempos distintos? ¿Por qué ahora, comprendiéndola mejor, puede saber peor?
La respuesta vuelve a ser el tiempo y con él la experiencia, la que lo cambia todo. La misma que hoy te hace perder la impresión de la primera lectura. Y esto es aplicable a mil ámbitos, no sólo a lo literario. Es aplicable al primer amor, al primer viaje fuera de casa, al primer día de universidad. Al final sólo se trata de una pérdida de inocencia que uno va dejando por el camino a sabiendas de que un día existió. Este no es un ejercicio de nostalgia sino de cuestionarse: ¿acaso disfrutas más cuanta más experiencia acumulas? ¿compensa cambiarle el rumbo a lo que un día concebiste de forma completamente distinta?
A mí me gusta pensar que sí, pero en realidad no tengo la más mínima idea.