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7/06/2016

#6

desde que soy una cría tengo el vicio de personificar las ciudades y los sitios. algo parecido me ocurre con las fechas y determinadas épocas. los que me conocen ya no se sorprenden cuando me da por ponerle cuerpo propio a lugares inalterables. no se sorprenden cuando me ven atribuirle cara, corazón, órganos y auténtica vida a cosas que nunca la tuvieron, ni la tienen, ni la tendrán. como cualquier vicio congénito soy incapaz de explicar su razón de ser, de hecho me hace gracia algo que me dijeron hace tiempo, tratando de justificar esto por mi supuesto ''ramalazo melancólico''. yo creo que sencillamente se explica porque soy una jodida peliculera. pero la cuestión principal -y la raíz de todo este rollo- es la dualidad de julio, y por ende del verano asfixiante, agobiante, insatisfecho. la paradoja del verano demasiado nostálgico para ser tan joven, demasiado cobarde para estar tan verde. un período de horas cargadas con balas en forma de fotos viejas, de aislamiento y de desorientación. una época que no provoca llanto pero tampoco risa. dos meses que se anuncian como quien anuncia un producto insulso, que se presentan como quien defiende una idea a sabiendas de que nadie querrá comprarla. la apatía es la hija del tedio y ambos han decidido jugar a ver quién ganará la guerra. Lo ridículo de la batalla es que no habrá vencedor ni ganador, y lo absurdo es que para colmo el árbitro sólo puede ser el tiempo. el protagonista que se expande fuera de los garitos, de las casas, de las relaciones e incluso de nuestros recuerdos. y lo irónico -cómo no- es que por más que me empeñe en atribuirle vida a las fechas y las ciudades, éstas van a seguir siendo inalterables y ajenas a mí y al resto. balcones, terrazas, camas, playas, cocinas, discotecas, vestidores, pueblos....si hablasen podrían contar historias realmente buenas, pero las paredes no sólo no hablan sino que además les importa una mierda que la mochila comience a pesarte más de la cuenta. 
porque nena, ése es tu problema, no el suyo.