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5/01/2016

A quemarropa

Le gustan los bares de carretera por transitorios y pasajeros. Y yo lo entiendo perfectamente porque a mí me ocurre algo parecido, especialmente en aquellos momentos en los que vuelvo a confirmar que lo efímero no es más que un sinónimo de lo caduco, y que lejos de distanciarnos, nos chocamos continuamente. Es irónico que las sensaciones sigan siendo las mismas cuando nos separan cielos distintos, y es aun más corrosivo pensar en el mero hecho de tenerte tan lejos pudiendo estar pegados. He leído por ahí que para escribir guiones no hay que ser velocista, sino corredor de fondo. Ella sabe de sobra que yo siempre fui más velocista que cualquier otra cosa, entre otras, porque carezco de la paciencia que requiere lo segundo. Cuando escribo el proyecto intento rodearme de gente que no bostece, porque de lo contrario, sé que terminaré siendo yo la que se mimetizará y bostezará como la que más. por eso cuando me hablan de bares de carretera yo lo hago de bares de barrio, porque al fin de cuentas uno habla de lo que conoce. 
Los bares de barrio son mi nueva parcela, mi universidad particular. Soy incapaz de escribir o estudiar en una biblioteca, y siempre ha sido así. De hecho todos los exámenes de la carrera los he aprobado a raíz de estudiar en buses, pisos, y hasta iglesias. Antes buscaba silencio, ahora necesito ruido. Y por eso acabo en bares de barrio que me recuerdan a ti. Los hay que sonríen de lado y me replican que todo me recuerda a ti, y seguramente tengan razón (aunque yo nunca se la daría) pero lo que les intento explicar con poca convicción es cómo esos garitos me catapultan a ti sin remedio por su aplastante sencillez. Me hacen recordarte porque reflejan la condición humana en su máxima naturalidad, en su culminante simpleza mundana. me recuerdan a ti por las mañanas con los haces de luz como candelas brillando al fuego de mi hoguera, con las tostadas volando y el olor a café recién hecho burbujeando en las tazas; me recuerdan a ti por las tardes cuando se entremezclan las conversaciones, las mochilas con los maletines, los ansiosos con los rezagados, la imagen del sol cayendo sobre la plaza y regalando un cielo violáceo, y me recuerda amargamente a ti por  las noches cuando sólo quedan los despojos de un día fallido y suelen permanecer señores mayores pidiendo copas para diluir en alcohol sus aburridas rutinas. Me producen melancolía pero también placer. me gustan porque me permiten escribir durante horas y darle forma al proyecto con un alboroto desconocido e incesante, completamente ajeno a mí y a la vez intrínsecamente ligado a la inercia de mi propia monotonía. los bares de barrio me recuerdan a ti porque se podrían sacar infinitas crónicas de sus esquinas y todas llevarían a desear que ojalá estuvieras aquí para verlas. me recuerdan a ti porque sé de sobra que nunca las verás.
estamos a domingo, y ella se ríe al escucharme. me dice que deje de darle tanta importancia a una cafetería común y corriente, tanto significado a semejante local cutre y ruidoso, que no entiende a cuento de qué me empeño en atribuirle un contexto que ni tuvo ni tendrá, más allá de mi propia imaginación. Y seguramente tenga razón (aunque yo nunca se la daría)