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12/05/2015

“Hay algo que he aprendido en todos estos años: puedes dormir en cualquier parte pero no puedes despertarte en cualquier parte” Ray Loriga

Diciembre me trae de vuelta cuerpos que ya quedaron atrás, que perdieron forma y concepto, que jamás serán lo que fueron y que yo nunca pedí reencontrar. Me los trae como quien deposita un cadáver reluciente en una fiesta de disfraces, como quien intenta colar una broma que perdió su gracia hace tiempo, arrastrando miedos y vergüenzas al compás. A veces a mí también se me acaban las palabras. Cuando eso ocurre pienso en ti y en las estalactitas descolgándose del reloj, agujas cayendo en picado al frío campo empedrado. Y entonces todo vuelve. Todo resurge, y flota, y vive. Recordándome que sigo aquí, recordándome el color de mis piernas clavándose en tu espalda a miles de kilómetros de mí, a años luz de las cenizas de ayer, que es hoy, que será mañana. El tiempo transcurre lento pero sólo porque irrumpe el sol y mis muslos se enrojecen, y me entra hambre, porque siempre me entra hambre cuando me acuerdo de ti. Me entra un hambre voraz, caníbal, irremediable. Cristalizan las ansias de ayer y la rabia de antaño. La rabia de antaño es rabia porque no puede ser otra cosa, porque no nos permiten más, porque nos enamoramos de nuestros propios límites. 
Desde el umbral me quejo porque es la posición escogida. La postura ideal, el lugar fatídico. Desde la puerta te odio, desde la ventana te pienso, desde la cama te veo. Te veo y sigues igual de tranquilo,  liviano bailando entre aguas. Y al verte pienso que me encantaría seguir en pie de guerra. Ojalá no me alterase el viento,  ojalá sintiese mi propio aliento. Pero por más que lo intento, no lo debo estar consiguiendo. Porque mientras los viejos muertos se pasean por los rincones, yo sólo puedo recordar las mañanas de antaño, donde nos tirábamos bajo la colcha, con los ojos clavados en el frío invierno y el sol taladrando nuestras sábanas blancas.