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2/12/2015

ríos de tinta y ciencia enlatada en cajas

Llegué a las once porque habíamos quedado a las diez. El tiempo es una bomba de plástico que nunca llegaremos a controlar bien. La casa apestaba a decadencia. Desprendía suciedad, abandono. Un insoportable olor a tristeza y soledad que me recordaba los largos domingos en casa de la abuela. Me rugía el estómago y allí sólo había agua, enormes fuentes repletas de líquidos que tal vez ni siquiera fuesen eso. El suelo resbalaba y las paredes desconchadas nos miraban sonrientes, como pensando joder por fin, ya era hora, después de más de cinco años. Ellos nos miraban con la cara torcida sin entender muy bien cómo habríamos llegado hasta ahí y yo sólo podía pensar en lo de siempre, en qué habíamos estado haciendo tanto tiempo allí afuera, en qué coño habíamos perdido el tiempo y donde quedarían las largas tardes de sol en casa de Nuria. Les miré de reojo, como esperando algo, lo que sea, cualquier cosa que rompiese el fastidioso silencio que se había instalado en los pulmones de aquel salón. Fue entonces cuando la más baja se levantó de mala gana y el reloj de la pared dió las seis. Todos los presentes sabían de sobra que eran más de las once, incluso la vieja debía de saberlo, y yo miré con asco al aparato, que se me antojó como el culpable de todo, el causante de todas nuestras desgracias; le miré y pensé que no me iría de allí sin cargármelo. Como pretendiendo enterrar todos estos años, y restaurar lo de siempre, la época dorada. Sabiendo que pretendía algo imposible. Una acción absurda para lo irreparable. En vano para ellos, en vano para mí.