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7/12/2014

El viento de julio llegó con fuerza y yo volví a escribir como si siguiésemos en el centro del huracán, en el curioso ciclón de septiembre. la ciudad entera nos miraba de reojo y nosotros seguimos bailando, totalmente ajenos a la novela popular, como si fuese lo más normal, como si hubiesen pasado cien siglos desde la última lluvia. Hay algo en el aire del sur que lleva encima el verano. Un verano que aparece en cueros, sin pretensiones, sin ideas fijas, sin planes concretos. meses que se van vistiendo ellos solitos casi por arte de magia, como quien encadena sin buscarlo unas cañas por el centro, las copas nocturnas y para cuando quiere darse cuenta está desayunando en el amanecer de un madrid que se cae a pedazos, que se sostiene de milagro y sonríe del revés. una ciudad que coquetea burlona con los primeros rayos de sol y una gran vía desierta. y yo estoy ahí, en el centro del desierto, seguramente más lejos de ti de lo que podría estarlo nunca, con demasiadas heridas y demasiado cansancio, con mil resacas a mis espaldas y la mayor nostalgia pegada a la piel. hay quien habla de la primavera como si te hubiese conocido. yo sé que puedo hablar de la primavera por este caleidoscopio de alegría, por los ríos de risas y los ojos brillantes; por las noches de amor y las mañanas de chispas. pero también sé que toca recordar el invierno por todo lo vivido, por el frío, por la sal en mis ojos y las horas muertas. el otoño no queda tan lejos, volveremos al frío, a los abrigos y a la lluvia continua. y sin embargo, y pese a todo, lo que realmente sé es que puedo hablar del verano por la única certeza de todas, la que hace que los tiempos me den completamente igual, la que nos separa de la realidad anodina y hace que sigamos juntos ocho meses después, 
porque me tienes, porque te quiero