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2/04/2014

lo atípico se liga de calle a lo convencional. la obsesión está en la raíz de los triunfos; al sur de mi escritura, y en la médula espinal de los fracasos, puede que al norte del talento frustrado. pero sobre todo se cuela en el centro de la alegría o la tristeza. los inviernos me devuelven negativos de un tiempo que ya fue, haciendo que me pregunte si seguiríamos entendiéndonos, como en mi primer invierno lejos de casa. seguro que sí, aunque ahora nuestras pisadas estén a años luz de distancia. porque tú también lo eras, y supongo que lo sigues siendo. hablo de la obsesión por odios, aquella que se arraiga en el asco que te producen ciertas posturas, el hastío por la rutina o la amargura de los domingos por la tarde o los ojos cansados. obsesión por las carencias, por alineación, por espejismos, quimeras e ideales. la idea en su rama más simple, hasta un límite enfermizo, pasando de cero a cien en menos de un segundo. aquella que hace que seas capaz de ahogarte en el primer vaso del bar y a la vez desenvolverte para que te inviten a cuantos quieras. cogiendo cualquier bus con fecha de vuelta abierta, por puros nervios y muriéndote por dentro sabiendo que algún día tendrías que volver. febrero también me recuerda a aquel tipo de barna que tocaba cerca de la estación de francia, el violinista de siempre, el músico de al lado. él también creía que lo impulsivo le ganaba el pulso a lo establecido. claro que eso era hace años, quién sabe si lo seguirá creyendo, después de tres crudos inviernos. al fin y al cabo el talento es como la suerte, no puedes congelarlos eternamente