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10/30/2013

Nunca es primavera donde tú creciste, bañada en salitre

(ya vuelvo a escribir como antes. y ya sé muy bien porqué, sólo que ahora suena quique)
pero pese al gris, pese al frío, pese al fuera de contexto de ciertos colores, pese a algunas miradas de reojo, pese a muchas chispas volando, yo también acabé pensándolo. pensé que yo no te metería en una habitación de menos de veinte metros cuadrados, o de más de cien, o de más de mil. pensé que sería de locos encarcelarte en un espacio tan falto de aire, en unas paredes que dejaron de hablar hace tiempo, en una cama que perdió su color, sus formas e incluso su sentido desde el momento en el que abandoné sus comienzos. pensé mucho y pensé mal, y el corazón me latía cada vez más deprisa, dando tumbos aquí y allá y preguntándose qué narices es lo que pasaba al exterior para tanto revuelo. Nos habíamos tirado la poca vida que tenemos acompasando las emociones del hoy con las del futuro, y las del futuro con las del ayer, con todas aquellas que aún no existen pero que sabemos que pronto provocaremos. De lo que no nos queríamos dar cuenta es del ahora, de las pupilas del hoy actual, de las chispas que saltan un martes cualquiera a las doce de la noche. Y por acompasarlo bien, por no intoxicarle y por evitar llenarle de más mierda y más lágrimas, pensé que tal vez lo mejor que podría hacer sería olvidar. Olvidar que yo no te metería en una habitación, sino que te llevaría colgando del hilo más fino de mi mochila. Olvidar que si por mi fuera te empapelaría de frases, de películas y literatura. que si por mí fuera estarías teñido de las poesías que escribiríamos como chorros de vida. Olvidar que juntos destrozaríamos los muros de la ciudad para rellenarlos de historias con sal. que de tí y de mí dependería que siguiese siendo ayer noche hoy por la mañana. que al caer la madrugada y al vestirse la luna de gala nos iríamos a bailar y daríamos vueltas y vueltas sin cesar. que contigo escogería el soñar y en nuestros planes no entraría el verbo fallar. que el ocre, el añil o el bermejo se quedarían a años luz de lo que estaríamos creando, a mil millas de aquí, a cien mil segundos de nuestros mejores delirios. Olvidar que viviríamos en trance, deambulando como funambulistas en un circo enorme, un coliseo enorme que nos vería rodar la crónica más surrealista de los últimos tiempos. Olvidar que el filo del tiempo estaba dejando de cobrar sentido y que las mirillas aún nos miraban burlonas, sin entender ni un cuarto de lo que ante ellas estaría pasando. Sí, eso pensé. Que al fin y al cabo lo mejor que podía hacer era tachar del calendario los días que se tatuaron este calvario. y cuánto más lo pensaba más me asfixiaba. Y en mitad de la carretera el aire se hacía más y más espeso, discurriendo como diminutas gotas de alegría acongojada, como eternos amantes de veladas alarmantes, como aquellas palabras que lucieron en su momento y que tiré a la basura una noche cualquiera. olvidar que cuánto más tiempo pasase, más lejos te quedarías. Y que cuantas más lunas brotasen, y más soles estallasen, menos cerca te vería. Olvidar que cuántas mas historias surgiesen de la cantera de dos corazones rezagados, más alejados nos congelaríamos.