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9/08/2012

capítulo trescientos del primer milenio

Eran los primeros días del noveno mes y ni los pulmones alcanzaban a medir el diluvio, el torrente, el inaguantable aguacero corriendo entre mis venas. De bronce pintada y mirada dañada el azar me llevó al puerto y el agua nos trajo al lugar de siempre. De pronto el músico empezó a tocar su violín, a tocarlo con furia y con rabia, a rozar con la fuerza del ímpetu sus cuerdas amarillas. El circo se podía contar con los dedos de la mano, asique los pocos que estábamos allí nos quedamos congelados entre el gentío de pasantes, de gritos acelerados, de besos furtivos o charlas anodinas. Teñidos de brisa, de niebla; pintados de sal, de bruma, de la amargura del final del verano en los poros y del comienzo del otoño en el corazón. En el sol el hielo, y en el hielo mi voz. Y en aquella estación, de pronto, el vacío. Y en aquel vacío, en aquella nada, en aquel centro del botón de la más absoluta miseria, las notas comenzaron a caer cual goterones de lluvia, deslizándose entre nuestras sienes como petróleo sobre el asfalto, y fueron cayendo, fueron cayendo litros y litros de música enlatada en apenas veinte metros cuadrados, rellenando la nada del aire y el aire de su propio latido. Y entonces y sólo entonces, aquel vacío metálico comenzó a cobrar lógica. adquiriendo tacto olor marcha vida e incluso sentido. Melómanos insaciables rozando el suelo se iban parando, y la música no cesaba, y se juntaban unas con otras, besándose entre ellas y bailando incansablemente por encima de la catedral, rodando infatigables para ir aterrizando en las cuerdas gastadas de aquel hombre mayor. Y ahí estaban ellos, ahí estaban Los cinco elementos fundidos en uno sólo, los cinco amigos surcando la ciudad condal como héroes del ayer y reyes del cielo, los cinco juntos, nunca tan jóvenes, nunca tan vivos. Y de pronto comprendieron, ahí, en mitad de aquel callejón con olor a libro viejo y lluvia mojada el hueco que les había dejado aquella noche de Enero. De pronto comprendieron, aunque sólo fuese durante aquellos segundos de gloria que podían aprovechar esta juventud de forma jodidamente mejor