x

2/15/2018

1:46 a.m


Anoche hablábamos de ciudades y tú me contabas que, incluso en la más cruel, nos dejamos trozos de lo que un día quisimos ser. Lo que no dijiste, a pesar de ser algo evidente, es que también nos dejamos cachos de lo que un día fuimos. Sé de sobra, porque a mí también me ocurre, que prefieres soñar con lo que te gustaría llegar a hacer, y te olvidas de lo que estás haciendo. El pasado y el futuro son dos vicios que nos comen la cara un frío jueves de invierno porque nos ven torpes y lo tienen fácil. Y nosotros les dejamos, porque preferimos irnos a ligar con ellos antes que quedarnos en la cama con el día de hoy. Las metáforas en Febrero son clichés que aburrirían hasta al peor de los plumillas, pero qué mas da. Probablemente hasta el escritor más lamentable podría entendernos. Seguramente podría descubrir fácilmente que ayer, cuando hablábamos de ciudades, en realidad nos referíamos a tascas mugrientas. Y que lo hacíamos como podríamos estar hablando sobre bibliotecas, sobre aeropuertos agobiantes, o sobre la cola del metro. Y seguramente, con un poco de suerte, si tuviera veinticuatro años, podría seguirnos los pasos, sentarse fuera del garito, y admitir que a él también le pasa. Igual él también podría creer que uno se deja la piel hecha jirones, en ciudades o en tascas, o en cualquiera de los miles de lugares de Madrid que nos miran burlones viendo lo que querríamos llegar a ser. 

1/31/2018

La guerra y sus arañas

Hay discusiones que repetimos cada cierto tiempo y que nos gusta debatir aunque ya lo hayamos hecho mil veces. Podría sonar absurdo, si no fuera porque cada vez que sacamos determinados temas a la palestra, siempre hay nuevos argumentos e ideas enriqueciendo el debate. Últimamente se habla mucho de la batalla cultural, especialmente en sectores de izquierda. Pareciera que a la izquierda le encanta pararse a estudiar su importancia dentro de la sociedad. Es curioso porque se trata de algo que nos condiciona enormemente y determina muchas posiciones ideológicas, pero lo hace de un modo discreto y a menudo imperceptible. Siendo sinceros, la mayoría disfruta del cine sin pararse a pensar en qué les ha cambiado esa hora y media metidos en una sala. Del mismo modo que consumimos series y demás productos audiovisuales cuyo fondo es ajeno a la política. Y así con prácticamente todas las artes. Hoy volvía a casa recordando lo que hablaba con Silvia: ¿Para qué pararse a analizar todo? Con el mero disfrute valdría. Pero es que no puedo evitar pensar en lo jodidamente interesante que resulta, y la diversión que supone la tarea en la que muchos nos metemos con ganas. Porque a muchos nos gusta rascar en la raíz de libros, películas, música y series. Nos gusta rebuscar en el impacto que provocan, y mantener acaloradas discusiones sobre qué cambia el hecho de ver determinados programas o dejar de verlos, en el hecho de gastar horas leyendo a un autor u otro, o en cómo la música construye imaginarios sociales a través de letras aparentemente sencillas. A menudo me paro a pensar, como estoy haciendo esta noche, para qué gastar tiempo en estos debates que tampoco van a cambiar el mundo. De qué sirve que haya jóvenes alrededor de una mesa debatiendo sobre temas culturales, políticos, artísticos o científicos. Y me gusta darme cuenta que con el paso del tiempo, cada vez encuentro más valor y más sentido a esas horas en las que hay gente alrededor de una mesa, con comida, bebida, ideas y cerebros abiertos. El mundo seguirá girando igual, pero al menos estaremos construyendo una juventud con la mirada y el corazón despiertos. 




1/28/2018

lucha de gigantes

Que veinte años no es nada lo piensas tú y lo canta  Carlos Gardel en una canción que nos vio crecer a los dos. Ahora esa canción la bailamos todos y cuando suena yo recuerdo mi risa, y tu letra escrita en las paredes desconchadas de un piso sin vistas al mar.
Que veinte años no es nada es algo que también piensa Pablo, y todos los mayores, los mismos que nos miran de reojo pensando que nuestro presente brilla sólo por ser jóvenes. No puedo evitar pensar en lo fácil que resulta hablar de una edad que no tienes, de un futuro que no te incumbe, de un pasado que ya no te afecta.
En el salón sigue sonando Gardel y habla de miradas febriles, de frentes marchitas y nieves del tiempo, y por un momento me parece que no hay mejor melodía en el planeta tierra, y que podría escuchar a ese tipo toda la vida sin cansarme. Me gustaría entenderme, aunque sólo fuera por esta noche, y poder explicar por qué de pronto es Gardel y no otro, por qué me da por esta canción y no recuerdo la que pusiste ayer, por qué la música se vuelve memoria, por qué sin memoria no habría música y por qué ando escribiendo esto aquí y no salgo ya para llegar a tiempo. 

10/16/2017

En Valencia se oía y se leía: Els carrers seran sempre nostres


Volver es el nombre de un tango y un verbo con trampa. Estos tres días son un ejemplo, y esta escapada nos vuelve a demostrar que viajar es una de las pocas cosas que jamás nos cansarán. Han sido setenta y dos horas de música, saltos, barro, política, caminatas, playa, paella, debates acalorados, ropa mugrienta y situaciones tan curiosas como la de aparecer en una boda vestidas con la misma ropa del festival, o terminar en un bar de la zona universitaria debatiendo con los dos bandos contrarios sobre la propuesta del trabajo garantizado (propuesta que, por cierto, apoyo). 

Ya de vuelta en Madrid, mientras deshacía la mochila, recordaba las conversaciones en el camping sobre la situación política, y volví a pensar en lo diferente que sería España con un gobierno distinto al actual. Un gobierno capaz de entender la realidad de su país, un gobierno en condiciones de asumir lo que requiere la gestión de un conflicto territorial, capaz de poner encima de la mesa soluciones políticas y no violencia. Volví a pensar lo mismo que defendía en Bétera, porque realmente lo creo posible, y confío en que se logre tarde o temprano. Al fin y al cabo, detrás de todo lo que está ocurriendo últimamente, también está el pueblo. Un pueblo que no se deja manipular, que respeta las diferencias y entiende que la política no sólo está en las instituciones. Las calles fueron, son y serán siempre nuestras. Me quedo con eso, con la esperanza de un futuro mejor y con el trocito de Valencia que nos ha acogido este puente. Y ahora me voy a dormir, porque estoy para el arrastre.   

10/09/2017

0:54 a.m.

Lo peor de nacer en esta época es que todo lo importante ya lo escribieron otros, y me doy cuenta ahora. Lo peor de nacer en esta época tiene que ver con el tiempo que no viví y sin embargo terminé estudiando entre cuatro paredes y recreos de media hora, para entenderlo todo mucho más tarde, en garitos ruidosos, pisos estudiantiles y charlas nocturnas. Lo peor de nacer hoy tiene que ver con un ayer que nunca podré tocar, pero al que paradójicamente siempre quiero volver. Uno crece con lo que puede, y no con lo que debe, y por eso terminamos gastando más inviernos de los necesarios en comprendernos. Lo peor de nacer en esta época es que todas las palabras ya encontraron su sitio, y los pocos que quedan son mediocres o aburridos, que viene a ser lo mismo. Escribo desde un bar mugriento de Chamberí mientras te bebes una birra que me recuerda a los días de sol, y que sin embargo me sitúa en medio de la nada, del vacío más absurdo y el limbo más anodino del mundo. Escribo porque no sé hacer otra cosa, porque me angustia que la tinta no termine nunca y tu cerveza sí. Escribo sobre todo porque no me queda otra y porque sólo me siento joven viéndome reflejada en cuatro papeles con miradas vidriosas. Hablan siempre de lo peor de nuestra época, sin detenerse en lo mejor. Lo mejor es que lo urgente nos queda cerca, los domingos se alargaron y volviste bien a casa. Lo mejor es que la ciudad sigue siendo la misma esta noche. Pienso que algún día tu cerveza se terminará, mi tinta también, y sin embargo Madrid seguirá siendo la misma ciudad siempre. La misma ciudad de ayer, la misma de mañana. 

10/03/2017

La felicidad eterna o un sandwich de Jamón (Bigas Luna)

"Una vida marcada por tres principios, el sexo, la comida y la vitalidad. Una filosofía impregnada a sus películas y que para él es una forma sencilla de autodefinirse que también tenía algo de marketing, pero que resume bien ese quitarse importancia a sí mismo y al cine que él tenía. (...) Ha conseguido que nos metamos en unos líos, que cuando decía corten pensabas: qué cojones he hecho. Pero es que lo hacía todo muy fácil. Estar con él era una forma de estar con un viento que apenas percibes, pero te está peinando a su imagen. Empezamos con él, muy jóvenes, haciendo una película delicada que podía haber sido traumática. De repente estábamos allí, en pelotas en los Monegros. Lo hizo fácil. 

9/11/2017

Cinco minutos más


Goytisolo escribió, hace ya cierto tiempo, algo así:  ''si son las tres y no puedes dormir / si los muebles comienzan a gruñir / y el viento en el postigo recita tus mentiras... piensa en la vida, fúmate un cigarro/ lo mismo no te mueres nunca más, y alguien te compra unas braguitas nuevas/ las cosas son así, todo es extraordinario''.

Me gusta entender la escritura como la mejor escuela de vida, la única capaz de llenarnos de preguntas que quizás nunca tengan respuesta. Me gusta que aún quede gente vagando por librerías en busca de novelas que ya nadie lee, rescatando así, en cierta medida, la memoria de autores muertos que no deberían pasar al olvido. Y me gusta leerte, especialmente cuando me recuerdas que la literatura es el hogar al que siempre terminamos volviendo, porque nunca nos fuimos del todo. 

4/07/2017

Hoy sonó Juan Wauters, pero cada día tiene una banda sonora distinta

'El calamar se parece al periodista en dos cosas fundamentales: en que puede tomar a voluntad el color que más le convenga y en que se defiende con la tinta. Cuando se siente descubierto, y entonces es cuando echa mano de la estilográfica, instantáneamente se disuelve en el agua un gran chorro de tinta. ¿Qué nos dice en aquel mensaje el calamar? No se ve nada. No se entiende nada. Para evadir nuestra persecución, el calamar ha lanzado el rostro un largo artículo de fondo y se ha escabullido. Dos, tres, cuatro columnas de negra prosa flotan por un instante en el líquido elemento, y o no hay opinión en el fondo de los mares, o esta opinión debe de conmoverse poco. ¡Dichoso calamar que puedes escribir lo que se te antoje sin tener que entendértelas con la previa censura! Feliz compañero en la prensa submarina.'

3/13/2017

De según como se mire

Laclau y sus ideas llevan un tiempo viajando conmigo en metro, en bus, vagueando en casa o animando tardes de biblio. Suele ocurrir cuando alguien me interesa, que me lo llevo allá donde voy. Me resulta especialmente interesante el hecho de plantear que el principio de división social nunca dejará de existir, porque si lo hiciera estaríamos en una sociedad cuadriculada y tremendamente aburrida. El entender la sociedad no sólo como un espacio en el que debe haber posiciones ideológicas contrarias, sino también como un lugar capaz de confrontar esos antagonismos, es algo que nunca había expresado de forma tan obvia otro autor (o al menos yo aún no había leído una mejor versión). Y precisamente eso es lo que me hizo preguntarme, este sábado, hasta qué punto somos capaces de debatir en la época actual. Dónde queda el nivel argumentativo, la capacidad de escuchar ideas completamente contrarias a la nuestra, y de qué forma transmitir las propias. Y no sólo eso, sino hasta qué punto nos interesa hacerlo. 


Hasta qué punto compensa dedicar horas, semanas, meses o años de vida a debatir por el mero placer de hacerlo, sin necesidad de recrearse en egocentrismos o pedantismos. Hasta qué punto compensa trabajar la escucha, la tolerancia y la propia cultura para llevar a cabo un debate sano. Cuánto vale la capacidad de sumarse a esa partida de ajedrez (metafóricamente) de la que habla Laclau. 
Yo creo que tiene un valor incalculable. Un escritor francés dijo hace tiempo que un país vale lo que vale su prensa. Yo cambiaría esa frase: un país vale lo que vale su gente.

3/08/2017

Somos un capítulo más de la historia, hagámoslo bien

Hace una semana elegí la línea argumental de conflictos y relaciones internacionales para mi tesina de fin de máster. Al hablar con un periodista acerca del trabajo como reportera en zonas de conflicto, éste me dijo que debía tener en cuenta que: ese trabajo no era nada adecuado para una mujer. Me lo argumentó tal que así: en esos países os violan, es muy peligroso y requiere resistencia. La mayoría eran hombres, no era necesario meterme en ‘’esos líos’’ para ir a ‘’esos sitios’’. Con mi físico podía orientarme hacia otros perfiles más ‘fáciles’. En los días posteriores se lo conté a otras mujeres. La mayoría no vio ningún machismo en lo que me había dicho aquel periodista. La opinión general era que él tenía razón, que en esas zonas la mujer está en una posición minoritaria. Hubo incluso una que me dijo: ‘’esas cosas mejor dejárselas a los muchachos. Tú con lo mona que eres, podrías trabajar en la tele’’. Todas ellas apoyan y reconocen la importancia del día de hoy. Celebrarán el día de la mujer, llevarán camisetas, pulseras moradas y otros símbolos reivindicativos en la lucha feminista. 

Hay una discusión que se repite, y asumo, cuando hablo sobre el feminismo en la época actual. El esquema suele ser el mismo: sale el tema, yo digo que el feminismo está de moda y que por eso creo que a veces la representación responde más al postureo social que a una toma de conciencia real, y mi interlocutor me mira horrorizado diciendo que cómo puedo quitarle importancia, y más siendo mujer. ‘’¿Acaso no eres feminista?’’ 

Entonces yo intento explicar que sí lo soy, y que precisamente porque me parece un tema primordial me preocupa que se use tan a la ligera y se haya vuelto una muletilla decorativa en la que prima más la forma que el fondo. A lo que me suelen responder: lo importante es que se use y se visibilice, el cómo se haga, da igual.
Bueno, pues no estoy de acuerdo y no comprendo esa forma de concebir la lucha hacia la igualdad. No entiendo que se reduzca a símbolos lo que debería traducirse también en actos, ni concibo el hecho de vestir una camiseta donde ponga ‘’feminism’’ si luego no hago nada para cambiar las cosas. Con esto no estoy diciendo que la reivindicación y las protestas sean algo inútil, porque soy la primera que las defiende, acude a ellas y se emociona (porque soy así de moñas). Pero me emociona aún más imaginar que pueda llegar una época en la que el día de la mujer sea algo tan innecesario como actualmente se considera un día del hombre.
Y eso pasa por el empoderamiento en esferas profesionales y sociales, dejando de tener que reivindicar espacios y pasando directamente a ocuparlos. Pasa por culturizarnos, por leer como si se nos fuera la vida en ello (porque se nos va la vida en ello), por no juzgarnos entre nosotras. Y sobre todo pasa por rechazar los límites que nos impongan por nuestro género, negarnos a dejar que otros nos digan qué es lo que debemos hacer, cómo debemos vestir o comportarnos.
Todo esto, que suena muy bien en el papel, es jodidísimo. Implica mucha valentía y mucho sudor. Y qué coño, también mucha frustración. Y tiene que ser todos los días. Y cuesta, pero termina siendo efectivo. Porque si en cada ocasión que alguien nos diga que ese trabajo es ‘’de hombres’’, y que busquemos algo más fácil, nosotras seguimos trabajando por ocupar esos espacios, llegará un día en el que los ocuparemos y desmontaremos la desigualdad que existe actualmente. 
Y ese día será la hostia, porque no necesitaremos un 8 de marzo.

3/06/2017

Bon voyage

Con las canciones de Sabina ocurre como con los recuerdos, y es que uno termina volviendo a ellos a pesar de su condición efímera y traicionera. Hay quien dice que volvemos a ellas porque suenan bien, pero yo creo que si lo hacemos es porque suenan como queremos. La calidad importa muy poco cuando detrás de las letras aún encuentras una memoria a la que agarrarte, por muy desteñida y absurda que ésta sea. Hay noches en las que te da igual que la canción haya dejado de hacerte sentir como antaño, porque sigue sonando igual. Qué mas dará que ya no signifique lo mismo si tú sigues siendo capaz de recordar intacta la letra, si sigues viéndote reflejada en su ritmo y tiene sentido bailarla sin más. A quién le importará que sigas escuchándola, si para el resto del mundo tan sólo es una canción más. 
Pero entonces ocurre. El teléfono suena recordándote que son las cinco de la tarde, que te espera un futuro prometedor pero no puedes tirarte todo el día en el suelo de la azotea dorándote al sol. Porque los teléfonos de hoy en día sólo sirven para devolverte a la realidad o para congelarla, no dan para más.  Entonces te levantas con el cuerpo entumecido y la cabeza hecha trizas, mirando sin ganas los mensajes acumulados, las alarmas, las imágenes aglomeradas. Estás en marzo y no en septiembre, estás en dos mil diecisiete y no en dos mil trece, tienes veintitrés años y no diecinueve. 
Es completamente normal que Sabina no suene como antes. El teléfono sólo te está recordando algo evidente. Y entonces es cuando me acuerdo de la frase que me dijo Papá hace tiempo:
el conocimiento se adquiere con la experiencia, el resto sólo es información